El Vaticano dictó el 15 de junio de 1995 un decreto insólito por el que cedía más de la mitad de la diócesis de Lérida a la vecina de Barbastro, a pesar de ocho siglos de historia y la voluntad de los feligreses. Consumada la segregación, un nuncio acusado de corrupción tomó la decisión fraudulenta de entregar un centenar de obras de arte del Museo de Lleida en la nueva diócesis de Barbastro-Monzón. La persecución a toda costa del botín ha evidenciado a lo largo de los años una cadena de intrigas, componendas e irregularidades jurídicas que han implicado altas personalidades de la Iglesia y del Estado, con un denominador común: la catalanofobia. El caso se incardina en el asedio del nacionalismo de Estado contra la personalidad catalana y en la fagocitación de la Iglesia abierta y conciliar de Juan XXIII y Pablo VI por la reaccionaria de Juan Pablo II y Benedicto XVI. La pequeña Lleida y su museo se han encontrado inmersos en esta tormenta.
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