Como dice David Castillo en el prólogo, "Teresa Colom retiene el aire y dice el verso. Lo hace como los jugadores a punto de hacer un lanzamiento de tiros libres o de chutar un penalti. Una especie de clímax de frágil tensión, como un cristal delgado o las alas de una mariposa. A continuación, se adentra en la estructura del poema mientras lo recita de memoria y el modula hasta meternos en la burbuja que ha creado, un ejercicio alquímico por donde la voz vocaliza cada palabra, cada giro, la frecuencia y las cesuras, como si fuéramos en un reino ajeno a todo aquello que pudiera ser impoético, inútil. He visto muchos poetas recitar sus versos, pero Teresa Colom los explica diferente, atmosféricos y sensuales, con la dureza cálida de lo que te puede decir todo si mantienes la atención y te concentras como ella te obliga a concentrarte".
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