Una obra que presenta biografías nacidas de la resistencia francesa y de la antifranquista. El lector se apasionará con las luchas silenciosas, protagonizadas por centenares de personas que arriesgaron su vida, en permanente clandestinidad, por la libertad.
Hay cuatro situaciones de fondo que configuran la base de las relaciones entre Estados Unidos y España y, en gran medida, entre Occidente y España en el marco del final del régimen de Franco, cuando la evolución posterior del país parecía muy imprecisa. No existe un intervencionismo directo occidental ni norteamericano sobre España, el interés norteamericano era primordialmente geoestratégico; su preocupación por el devenir español se incrementó notablemente tras el 25 de Abril en Portugal, desde Estados Unidos se utilizó al máximo la vinculación de dos conceptos, el de liberalización y el de conexión con Occidente y, paralelamente, la Administración Ford insistió en que sus socios europeos secundaran su actuación en España. Todas estas ideas se conectan entre sí entretejiendo la trama de las actuaciones norteamericanas con respecto al futuro político español.
Este es un libro clave para entender la visión española de los movimientos de independencia americanos. He aquí un fragmento alusivo a esta cuestión: «¿qué diferencia puede haber ni hubo nunca entre un español de Cuba o un español, verbigracia, de Málaga, de Loja o de Logroño? Los que alternan en España en el Poder, con turno más o menos pacífico, los Narváez, los Cánovas y los Sagastas, ¿no pudieron ser cubanos? ¿Qué inferioridad hemos supuesto nunca, ni por ley ni por costumbre, que exista entre un español de por acá y un español de por allá? La igualdad más perfecta entre todos los españoles de la Península y de ultramar ha sido proclamada siempre en leyes, pragmáticas, ordenanzas y decretos. Felipe II la proclamó solemnemente con palabras citadas por el mismo señor Clarence King. Si esta unidad legal existió bajo un Poder absoluto, lo mismo era para los peninsulares que para los cubanos, y estos últimos no podían pretender entonces ser más libres que nosotros. Pero no bien hubo en España una Constitución liberal, en 1812, la Asamblea que formó esta Constitución declaró, adoptando la elevada idea de Felipe II, que la nación española es el conjunto de todos los españoles de ambos hemisferios. Las libertades de que desde entonces debieron gozar los peninsulares las debieron gozar también los cubanos».
Este volumen recoge las ponencias presentadas en el Curso de Verano organizado por el Departamento de Historia del Derecho y de las Instituciones de la Facultad de Derecho de la U.N.E.D., celebrado en Ávila los días 10 al 16 de julio de 1995. La oportunidad del tema elegido para el Curso venía justificada por el vital papel jugado por el Ejército en la formación del Estado Moderno y por el debate sobre su protagonismo y adaptación en determinados momentos históricos.
¿Qué sabía realmente la policía de las actividades subersivas en el tiempo en que éstas se desarrollaban? La solo aparición de éste libro da cuenta del incumpliento de la orden ministerial de que aquellos archivos debieron ser destruídos, y hoy continúan existiendo...
La Corte no puede identificarse con un elemento concreto de la organización política de las Monarquías europeas anteriores al siglo XIX, sino que constituye un paradigma político. Es decir, fue el marco institucional y político en el que se desarrollaron los acontecimientos, y podría afirmarse que los sucesos que no se dieron en la Corte o repercutieron sobre ella no existieron políticamente hablando. Esto es, la Corte se constituyó (utilizando la terminología aristotélica) en la “forma” política del reino.
La Monarquía hispana fue una gran organización política articulada por cortes. Tal estructura de organización conllevaba la existencia en cada reino de una “corte” y de una o varias “casas reales”, lo que en apariencia constituye una contradicción, pues una sola era la persona del monarca. De ahí que, siendo una única organización política, sus reyes dispusieron de numerosas casas reales, completamente formadas y en plenitud de funcionamiento, donde se integraban y prestaban servicio las elites de los diferentes reinos. Uno de ellos era el de Castilla, cuyos monarcas, al igual que en el resto de Europa, habían articulado desde la Baja Edad Media, en el marco de la Corte y de la Casa real, una dilatada serie de departamentos y servicios, concebidos y desarrollados para satisfacer sus necesidades.
Los historiadores que han estudiado la Casa de Castilla, sus orígenes y los oficios que la componían, han mostrado cómo adquirió entidad con departamentos y secciones, sobre todo a partir de la dinastía Trastámara. Pero ningún monarca ordenó –que sepamos– la redacción de unas ordenanzas que fijasen sus secciones y definiesen el cometido de sus oficios, y mientras Castilla perduró como reino independiente, semejante “descuido” no tuvo consecuencias. El problema se planteó cuando una dinastía nueva, los Habsburgo, con casa propia y más perfeccionada que la castellana, heredó los reinos y territorios articulados en torno a la corona de Castilla.
Durante los reinados de Carlos V y Felipe II, las elites castellanas que colaboraron en la articulación de la Monarquía hispana incurrieron en una contradicción: si, en un primer momento, cuando Carlos V reunió las Cortes en Valladolid en 1518, se mostraron reticentes y recabaron el protagonismo de la Casa de Castilla de la que formaban parte, no sucedió lo mismo cuando, años más tarde, el Emperador, interesado en facilitar la proyección del príncipe Felipe fuera de Castilla con motivo del viaje que realizó por Europa en 1548, dispuso que se sustituyese en el servicio del príncipe la Casa de Castilla, que venía siendo la suya, por la Casa de Borgoña. En esta ocasión, las elites castellanas aceptaron la nueva modalidad de servicio con tal de que sus miembros ocupasen los distintos cargos.
La Casa de Castilla, sin ordenanzas y regida por la costumbre, se limitó a poner algunas de sus secciones al servicio de la Casa de Borgoña, produciéndose una simbiosis entre algunos cargos y funciones que estaban repetidos, castellanizándose ésta última al ocupar las elites del reino de Castilla los principales cargos y oficios de la Casa de Borgoña. Solo la Casa de las reinas se mantuvo conforme al modelo castellano de la época de Isabel la Católica, no sin que la influencia de Borgoña se dejase ver en las etiquetas que se dieron en 1575 para el gobierno de la Casa de la reina Ana.
Esta confusa y etérea unión de Casas –la del Reino que sustentaba el Imperio y la de la dinastía– se mantuvo sin problemas durante el siglo XVI, mientras las elites castellanas controlaban e influían en el gobierno de la Monarquía. En el siglo XVII, esas elites fueron desplazadas, y las quejas y vindicaciones de los méritos de Castilla en la construcción de la Monarquía comenzaron a afirmarse en términos de contestación, llegándose al punto de que la Casa de Castilla (sin ordenanzas, pero con tradición) se convirtió en la “oposición política” al gobierno.
Un análisis de la obra de Félix José Reinoso, considerada en nuestros días, después de años de desdén y de olvido, como “la cumbre de la literatura afrancesada”.
La Execración contra los judìos es un texto de un racismo radical. Escrito por Quevedo mientras ejercía como secretario de Felipe IV, según parece, inspirado por las sospechas de que ciertos miembros de la comunidad judía europea estaban financiando a fuerzas adversas al monarca español. Resulta interesante como testimonio de las fuerzas en conflicto durante la España del siglo XVII, inmersa en la Guerra de los Treinta Años.
España ha vivido una larga historia de exilios entre el siglo XV y el siglo XX. Aunque a veces el último de estos grandes éxodos políticos, el provocado por la Guerra Civil de 1936-1939, haya contribuido a hacer olvidar los anteriores, éstos tuvieron una enorme importancia y trascendencia en la historia de España. Algunos autores intentaron escribir una historia completa de todas estas emigraciones, pero nunca llegaron a convertir este propósito en un libro. Este volumen, que intenta cubrir esta vacío historiográfico, se ocupa de los éxodos políticos que protagonizaron, a lo largo de los siglos de la época moderna, judíos, moriscos, austracistas y jesuitas; de las emigraciones de afrancesados, liberales, carlistas y republicanos, entre finales del siglo XVIII y principios del siglo XX; y, ya en los años treinta del Novecientos, del exilio de los monárquicos y las derechas en 1936 y el masivo exilio de 1939.
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